Bruno Munari (Milán 1907 – 1998) hizo grandes aportes a los hitos editoriales de su época, del lado artístico y también del lado de la industrial. Entre otras actividades destacadas fue el asesor gráfico de Giulio Einaudi Editore. Obtuvo varias veces premio de diseño Compás d´Oro, el premio gráfico de la Fería de Bolognia para la infancia (1984) y un premio otorgado por Lego, por mencionar algunos. Pero no fue editor, sino diseñador, y desde ese lugar desarrolló su obra.
Murani tuvo un estricto sentido práctico que puso al servicio de necesidades humanas diversas y desechó todo lo que no tuviera un sentido esencial. En De dónde provienen los objetos (1981) desarrolla la metodología proyectual, basada en las reglas del método cartesiano. Luego aplica su forma de análisis a una veintena de objetos y proyectos, algunos de los cuales fueron desarrollados por él: un habitáculo para niños, una serie de medallas de constelaciones, un atril expositor, un aparato pedagógico que mide el viento y, entre otros objetos. Nos detendremos en dos proyectos de libros.
Un libro ilegible según el sentido común es un libro defectuoso. ¿Lo es? Bruno Munari se pregunta si “el libro como objeto, con independencia de la letra impresa, ¿puede comunicar algo? Y de ser así, ¿qué?” (p. 219). A continuación de ese texto nos presenta una reflexión sobre la monotonía del papel y del formato de página en la industria editorial tradicional. La creatividad sería la llave para llevar al objeto libro a un terreno tan rico como inexplorado de comunicación visual, donde el tema son los materiales, y el espacio, el formato de página. Algunos ejemplos: Della nothe buia (Muggiani, 1952) y Nella nebbia di Milano (Emme Edizioni de Milán, 1968).
La investigación realizada en torno al libro indicó a Munari un gran desconocimiento por parte de la sociedad hacia este objeto (aunque esta sepa que existe no lo conoce), y un desperdicio de las ventajas cognitivas que ello conlleva; entonces consideró que la solución “consiste en ocuparse de los individuos mientras se forman” (pp. 230-231). De allí nació el proyecto de los prelibros publicados por Dáñese en Milán 1980: libros de arte para niños.
Los prelibros son el producto de un proyecto de meticulosa planificación. Fue consultado un grupo de expertos: psicólogos, pedagogos, pediatras, y luego fue probado en guarderías. El objetivo era doble: concebirlos como un rico estímulo que favoreciera la creatividad y elasticidad mental, y servir de inducción cultural al libro. “A un niño no se le puede decir: has cogido el libro mal, dale la vuelta. Hay que facilitarle al máximo el contacto con el LIBRO. El niño tiene que memorizar que el libro es algo agradable para todos los sentidos: vista, tacto, peso, material, etc.” (p. 238).
De la metodología proyectual aplicada a los libros ilegibles y los pre libros resulta algo tan encantador como provocador. Son de lo menos convencionales y también, aunque resulte contradictorio, hasta cierto punto de lo menos artísticos. Son libros totalmente funcionales: buscan comunicar y educar; no cuentan cuentos (no de la manera tradicional), y no capitalizan un saber, sino una experiencia. Pero son libros, como dicen las portadas de la colección para niños. Según todo esto, la posible sustitución del libro por lectores electrónicos no tendría sentido: ya hemos visto que es posible concebir este objeto con vida propia.
