
Por Belén Bascuñán.
Texto publicado en el libro «Había una vez una peruana…», Xilófono, Lima, 2019, VVAA.
Había una vez una mujer pionera en el arte peruano. Ella se vinculó con grandes personajes de su época de los que obtuvo gran reconocimiento. Ella pintó y pintó, hizo clases en la universidad, viajó muchísimo y exhibió su trabajo en variopintos museos y galerías dentro y fuera de su país.
Ella se llamaba Julia.
Pero Julia es inolvidable por otras razones. Ella pintó retratos de personas con nombre y apellido, de personas anónimas y de rostros de los que solo particulariza una actitud. Estos hasta el día de hoy nos atrapan con la mirada, nos hacen detenernos con agrado, inquietud o perplejidad y se graban en la memoria. ¿Quién más mostraría una versión cálida y amorosa de un político e intelectual de la altura de José Carlos Mariátegui?, ¿y del mismo, la perturbadora imagen de su cabeza en su lecho de muerte?
A Julia le debemos, también, sus esfuerzos por rescatar, con sus pinturas, valores culturales que sirvieran de signo a la identidad nacional peruana. Fue discípula de José Sabogal, quien la incorporó al grupo de artistas que hoy conocemos como indigenistas, y luego hizo suyas las influencias del muralismo mexicano, combinación con la que dio un sello más particular a su trabajo.
Aunque Julia pasó los últimos años de su longeva vida retirada en una finca en su casa taller, su legado cruzó fronteras. Sus cuadros han conocido ciudades como París, Nueva York, México DF y Buenos Aires, y muchos de ellos viven en el extranjero, ya sea en un museo o en una colección privada. Otros tantos forman parte del patrimonio de museos peruanos.
Desde aquí o desde allá, en el Perú y en el mundo, las pinturas de nuestra querida Julia interpelan nuestra memoria y nos gritan fuerte: ¡no me olvides!
